domingo

Estalla el sol


Las hojas que ahora caen no son las mismas. El silencio las da por muertas y ellas sólo se quedaron quietas. Bajan las nubes para no extrañarlas.
Pasan las horas, duermen los dioses que ya olvidaste, se fugan las palabras que tenías trancadas entre mente y garganta. Poco queda. Por suerte las hojas sólo se quedaron quietas y también tus manos, que no quieren taparte los ojos de nuevo.
Inevitablemente, abajo estalla el sol. Si fuese tan fácil guardar sus luces, meterlas de nuevo en la galera del mago. Esperanzas, toscas piezas de un juego que preferiste perder.
Un sólo paso. Contando los segundos, se escucha el grito y nada más. El silencio te da por muerto. Por suerte sólo te quedaste quieto.

Escape



p>    Durmiendo una noche a un lado del camino de tierra, soñé que mis manos rascaban el suelo y hallaban debajo el pasto más verde que jamás haya visto. Desperté y sentí húmedos mis dedos y vi que corría un hilo pequeño de agua limpia entre las piedras grises. Parecía tener vida: no se desvanecía sino que seguía deslizándose como si tuviera un rumbo fijo o un destino, un lugar a donde ir que se perdía de mi vista mucho más allá de donde yo estaba.Una luna perfecta alumbraba la soledad inmensa de aquel lugar, y hacía que el agua brillara de forma única, como queriendo atraparme con su magia.



     Traté de apartar mi vista de ese espectáculo y miré hacia el horizonte; vi el mar de piedras secas extendiéndose sin fin, sólo cortado por el camino polvoriento que ya había recorrido sin cesar, hasta la noche en que el cansancio dominó mi cuerpo y mi voluntad de seguir escapando. Comprendí que el riachuelo que apareció de la nada era lo único que podía apartarme de mi resignación.



    
Me había fugado de la prisión de hierro, y había atravesado el pantano que la rodeaba del que supuestamente nadie salía con vida, mito que descubrí, solo servía para aullentar aún más de la mente de los prisioneros la idea de escapar. Había caminado entre el barro inmundo hasta encontrar el camino sin final del que me habían hablado, y al cual juré llegar aunque me costase la vida, burlándome de la idea de que algo no tuviese fin.



    Sin embargo había caminado durante horas, días, tiempo sin relojes, sin morirme de hambre gracias a unos pedazos de pan seco que descubrí entre los nidos de ratas, pero también sin encontrar señas alguna de que aquello fuese a dar a alguna parte. Fue entonces cuando comencé a dudar de mi anterior determinación, y me pregunté hasta cuando me podía ser posible seguir caminando, ya que la otra opción era simple: sentarme a esperar la muerte.



    Me sacó de mis pensamientos el sonido casi imperceptible del hilo de agua. Me di cuenta de que su tamaño había aumentado; Ahora tenia un grosor aproximado de media palma de mi mano. Caí por completo bajo el hechizo y mis ojos no pudieron hacer otra cosa que seguir el curso incierto pero decidido del pequeño río, en dirección casi opuesta a la que había venido, entre las piedras toscas y la tierra muerta. A medida que caminaba, el agua se mezclaba entre la tierra y de a poco se formaba una especie barro negro. Mis ojos seguían encantados. Más adelante, algo que parecía un pantano se hacía cada vez más grande.