lunes

Por qué no fuimos



Es ahora cuando el sabor de lo vivido es más nítido. Cuando puedo pensar en cómo fui y en cómo viví esta parte del tiempo del mundo que fue mío. Y casi sonrío todo el día cuando no duermo, porque es tanto más simple. Aunque ellos piensen que no entiendo, sí que entiendo. Y se siente bien, pero simple. Bien pero simple.



Entonces le pregunto a uno de ellos, talvez al que entiende menos y más sabe, o al que no vea tan ocupado como los otros, con esas ganas de estar ocupados todo el tiempo. A ella, sobretodo. A ella que la veo franca, que la veo simple. Me arrimo a conversarle y me escucha. Es maravillosa. Y le cuento de ti, de lo que no fuimos. Y le pregunto si ella sabe porqué no fuimos.



Por qué no habernos encontrado en un verano cualquiera, en cualquiera de estas décadas vividas. Por qué no en una de las primeras, cuando sentíamos que todo era nuevo y era nuestro, como quien habita una casa renovada y no siente el murmullo de cansancio en sus paredes. Por qué entonces no cambiar nuestra ciencia y nuestro arte, no mezclarlos. No tener tu piel en la de mis manos y no sentirme ahora un poco más sola.



Y no sabe, pero sonríe. Y creo que no lo hizo por lástima. Creo que me vio a mí, caminando por sus calles nuevas.

:: SUEÑO I ::


Yo estaba en el club, llegando tarde a una clase. Estaba demasiado nerviosa, apurada, y para llegar más rápido tomé unas escaleras que nunca usaba, y de repente me dí cuenta de que mi club era mucho más grande de lo que pensaba.

Me metí por lugares donde no había estado antes y me perdí. Yo no paraba de caminar rapidísimo, en vez de detenerme y pensar el camino, no podía parar de bajar escaleras y cruzar pasillos. Todo el lugar comenzó a volverse más descuidado a medida que yo bajaba. Era como un hospital abandonado, en un estado calamitoso, igual o peor que el Clínicas por dentro.

En uno de esos pisos, cuando giro casi corriendo, veo médicos, o por lo menos gente con tapabocas y esas túnicas raras verdes, como escondida en una sala. Alguien me ve, y sale a perseguirme. Yo empiezo a correr cada vez más rápido tratando de no caerme ni pegarme contra ninguna baranda oxidada. Entonces me voy metiendo cada vez por más pasillos hasta que salgo por un hueco en una pared.

Creí que iba a salir a la calle del club, pero ni ahí, salgo a un barrio rarísimo, lleno de casas en ruina y empiezo a trepar casas y muros, nerviosa aunque hacía rato que ya no me perseguía nadie.

Yo estaba acelerada y sentía que mi nerviosismo aceleraba a las mismas paredes por las que estaba trepando, y ellas se daban cuenta de mi nerviosismo y de mi respiración agitada como si estuviesen vivas.

De repente me doy cuenta de que trepé demasiado alto, y que no me puedo bajar. Estoy en una chimenea, pero no es una chimenea normal. Es una chimenea que tiene los ladrillos flojos. Cuando inhalo aire, la chimenea sube y yo estoy demasiado alto para tirarme, entonces tengo que largar aire para que baje, pero estoy tan asustada que no lo consigo, y además no puedo largar aire para siempre...

Entonces la situación es desesperante. Los ladrillos empiezan a aflojarse y yo pienso que se van a romper todos, pero en vez de eso empiezan a cubrirse de musgo conmigo adentro. Empiezo a retorcerme para salir de ahí, y me doy cuenta de que no es musgo: es PELO. Sí, pelo, y entonces en un ladrillo que está pegado a mi cara aparece un hocico. UN HOCICO y me doy cuenta de que la chimenea se va a transformar en un lobo que me va a envolver. De repente y sin pensarlo, como si supiera la solución de un hechizo, le arranco el hocico a medio formar con un palo.

Entonces el lobo-chimenea se desploma en medio de su mutación y ahí quedo yo, viendo los ladrillos con patas de lobo, con el palo en la mano y arriba del techo.

Casi no hay recuerdos



Se iban y sabían que no volverían pronto. Sus cosas con ellos y las otras no. Es sólo cuestión de definir sus cosas, así es más fácil. Si lo logran hacer de la manera correcta casi no hay recuerdos: Muchos amigos y buenas historias, buenos tiempos en donde no fueron tristes, que luego exagerarían al evocarlos una y otra vez.

El baúl de sus recuerdos es demasiado grande y no es liviano. No pudieron dejarlo porque nunca dejaría de ser parte de sus cosas, así que lo llevaron. Era sólo una mirada y el baúl crecía. Crecía y parecía que los miraba también, una habitación pequeña y un baúl grande. Ganas de ser felices que no fueron suficientes.

Cada día estaba él ahí, y ya era uno de ellos. Empezaron a mirarlo todos los días al despertarse, no podían evitar levantar su tapa y sentir el olor que traía. Después lo miraban antes del café, y antes de acostarse también. A veces se sorprendían abriéndolo en mitad de la noche.

Adentro las cosas se habían desordenado por el viaje, y no consiguieron volverlas a su sitio por más que lo intentaron. Cuando el baúl crecía, crecían las cosas de adentro, siempre desordenadas y de alguna manera aparecían cosas que no recordaban haber llevado. Supuestamente se generaban unas a otras, hasta que tuvieron que admitir que la mayoría las ponían ellos.

Llegó un momento en que pasaban la mayor parte de su día mirándolo. Cuando iban a trabajar llamaban para ver si seguía allí. Después comenzaron a faltar al trabajo, y a trancar las puertas y las ventanas antes de ir a dormir, sólo para que no hubiese más nadie ni menos nadie que ellos y el baúl.

Ellos lo veían crecer mientras lo miraban, como quien ve crecer las plantas. Cada vez eran más chicos ellos y más grande él, y más abierta su tapa, y el olor llenaba ya toda la habitación. No más olor a café ni a casa nueva en país nuevo.

Parece que un día uno de ellos quiso buscar más en el fondo y se resbaló y se cayó adentro. El otro fue a buscarlo y cayeron los dos. Ahora se quedan siempre en el baúl, y es mejor porque no tienen que tomarse el trabajo de sostener su tapa mientras miran. Además están seguros de que al baúl no les va a pasar nada, y si le pasa algo, les pasa también a ellos. Un día se dieron cuenta de que las cosas nuevas de la casa nueva habían entrado. Así que ahora no falta nadie.

Esa es su nueva casa y no necesitan salir para dormir, y mucho menos para comer. Los recuerdos no perdieron su olor ni su sabor, y es el mismo que tenían cuando vinieron. Tienen textura y además los alimentan. Nunca para de haber recuerdos, siempre se generan nuevos viejos recuerdos y se puede vivir de ellos. Los dos están muy contentos, nunca pensaron que su nueva vida iba a ser tan parecida a la anterior.

viernes

Mundo en sepia




A ella le gustaban mis fotos viejas. Las sacaba de la repisa, del cajón, de mis manos. Le gustaba mirarlas en el balcón o en la cocina, o en el patio. Sí, sobre todo en el patio. Yo sé que ella aprendió de mí por mis fotos. Cuando volvía, después de un rato de estar sola, siempre me miraba de un modo distinto, como si entendiera de repente muchas más cosas. Sé que se quedaba cada vez más horas, y cuando un día terminó de verlas todas, volvió a mirarlas desde el principio.


Era la luz de la casa, la ropa siempre tan blanca, la sonrisa siempre tan limpia. Al resto de la gente le preocupaba ella. Tanto rato en el patio, en el balcón…A mí al comienzo me divertía. Porque sabía lo que era, porque lo había vivido todo algún tiempo atrás. Pero después empecé a verla cada vez menos, era difícil encontrarla para hablar, para verle las manos, para verla. Y cuando por fin la veía, la veía ausente. La veía lejos, casi no la veía. Siempre sonreía, y nos miraba a todos desde lejos y estaba feliz, porque no estaba con nosotros, sino en otra parte, en mundo de fotos en sepia.


Un día me di cuenta de lo que pasaba. La observaba en el patio, con la hamaca apenas moviéndose y con las fotos. Y la hamaca se quedó quieta y las fotos se movieron. Se izaron en el aire y luego, más pesadas, cayeron. Ella no estaba, no estaba. Corrí hasta ella, hasta las fotos y encontré su rostro. Y sus manos y su pelo en mis fotos. No supe qué hacer, más que pensar en ella, y esperé.


Desperté con sus manos en mi hombro, sonriendo. Creo que nunca la había visto más feliz. Sin embargo pálida, difusa. Me dijo que hacía tiempo que lo había descubierto. De tanto pensar, de tanto estar en las fotos. Me habló de ellas y del mundo que encerraban. Pensé que escucharla me aburriría, ¡Pues era mi mundo, era mío! Sin embargo no fue así: ella lo veía de otra forma, a ella le gustaba de otra forma. Me habló de sus ganas de haber vivido allí, de todos mis lugares, de mis caras, de mis voces. Sí, dijo que las escuchaba, que había hablado con todos los míos, con todos. Hasta me contó cosas que había olvidado. Me dijo que siempre la recibían con cariño, que les gustaba que fuera a visitarlos, que cada vez se quedaba por más tiempo.


No pude decirle nada, nunca la había visto sonreír así. Me dediqué a esperar sus regresos y sus cuentos nuevos de mi mundo viejo y a sorprenderme. A sorprenderme pensando cómo conseguía cambiar mi mundo estando en él de tanto en tanto. Y de pronto también empecé a sonreír. Mi mundo ya no era mi mundo viejo, era algo mejor, porque ella estuvo en él. Entendí que ella había estado en mis fotos, y había estado en mí. Había estado con los míos, y yo era alguien diferente. Algunas cosas habían cambiado, alguien no se había casado, alguien sí se había mudado. Pero todos me apreciaban más por dejar que fuera a visitarlos, por dejarla estar en sus vidas simples, en sus vidas en sepia.


A veces demoraba demasiado, un día entero, o hasta dos. Entonces me enojaba, pero ella sabía siempre cómo disculparse. Sí que sabía, y conseguía que le perdonara sus ausencias. Me decía que cada vez le costaba más salir, como si no pudiese estar en los dos lados. Un día me contó que ellos me extrañaban, y empecé a extrañarlos también. Ella se dio cuenta y me dijo que fuera, que fuera con ellos.


Planeamos nuestra visita con cuidado. Ella iría adelante, yo tenía un poco de miedo. Me dijo que no me preocupara, que era fácil, sólo tomar una foto y pensar en ellos. Entonces la vi meterse, vi su cuerpo volviéndose a tonos sepia. Su pelo, marrón, sus ojos, blancos. Y no la vi más. Entonces era mi turno. Tomé una foto y la miré con calma, tratando de aplacar mis nervios. Una foto de mi hermana y mi padre en la casa de la playa. Recordé la brisa en las cortinas que mi madre había cosido y sonreí. Sentí mi cuerpo ingrávido y esperé.


Nada ocurrió. La foto seguía igual, yo seguía igual. Lo intenté de nuevo varias veces, con diferentes fotos, con calma, con nervios. Traté descansar y volví al patio más tranquilo, casi de noche. Tampoco funcionó. En mi desesperación rompí algunas fotos. Después de hacerlo me arrepentí, porque ahí estaban todos, talvez ahí estaba ella, en una foto hecha pedazos por mi frustración y mi rabia. Lloré, la llamé con susurros, la llamé a los gritos y no vino.

Y ahora la espero, los espero a todos. Al resto de la gente le preocupo. Tanto rato en el balcón o en la cocina, o en el patio... Sí, sobre todo en el patio.