domingo

PlayA RojA


Estaba transformadísima la playa en ese momento.
No parecía en absoluto el mismo lugar que había sido en la mañana.
Si uno miraba con atención entre el humo se daba cuenta...
Había en el aire algo que iba hacia la rabia, un corrimiento al rojo irreprimible.
Irreversible.
No me olvido.

Hace poco leí "El juguete rabioso", de Roberto Arlt.
Una novela corta casi autobiográfica.
El personaje principal, del cual me enamoré, excéntrico, bipolar, y extremista,
dice en un mismo diálogo:

-Es como un mundo que de pronto cayera encima de nosotros. Ahora estoy tranquilo. Iré por la vida como si fuera un muerto. Así veo la vida, como un gran desierto amarillo.

-Después creí que el mundo se abría en dos partes, que todo se tornaba de un color más puro y los hombres no éramos tan desdichados. Todo me sorprende. A veces tengo la sensación de que hace una hora que he venido a la tierra y que todo es nuevo, flamante, hermoso. Y me dan ganas de reír, de salir a la calle y pegarle puñetazos amistosos a la gente. ¿No le ha sucedido?
-Sí...
-Sí, alguna vez sucederá eso.... sucederá que la gente irá por la calle preguntándose los unos a los otros: ¿Es cierto esto, es cierto?


La playa azul cambia a la playa roja.
Son la misma pero no son la misma.
Entonces uno se pone exquisito. Pretencioso.
No sólo quiere estar en la playa más linda,
también quiere estar allí en el mejor momento.

Pero no nos dejan jugar así nomás con las cuatro dimensiones.
Nos quedan grandes, no es verdad?
Estamos a la intemperie todo el día.
Y eso es algo misteriosamente cierto.

lunes

Por qué no fuimos



Es ahora cuando el sabor de lo vivido es más nítido. Cuando puedo pensar en cómo fui y en cómo viví esta parte del tiempo del mundo que fue mío. Y casi sonrío todo el día cuando no duermo, porque es tanto más simple. Aunque ellos piensen que no entiendo, sí que entiendo. Y se siente bien, pero simple. Bien pero simple.



Entonces le pregunto a uno de ellos, talvez al que entiende menos y más sabe, o al que no vea tan ocupado como los otros, con esas ganas de estar ocupados todo el tiempo. A ella, sobretodo. A ella que la veo franca, que la veo simple. Me arrimo a conversarle y me escucha. Es maravillosa. Y le cuento de ti, de lo que no fuimos. Y le pregunto si ella sabe porqué no fuimos.



Por qué no habernos encontrado en un verano cualquiera, en cualquiera de estas décadas vividas. Por qué no en una de las primeras, cuando sentíamos que todo era nuevo y era nuestro, como quien habita una casa renovada y no siente el murmullo de cansancio en sus paredes. Por qué entonces no cambiar nuestra ciencia y nuestro arte, no mezclarlos. No tener tu piel en la de mis manos y no sentirme ahora un poco más sola.



Y no sabe, pero sonríe. Y creo que no lo hizo por lástima. Creo que me vio a mí, caminando por sus calles nuevas.

:: SUEÑO I ::


Yo estaba en el club, llegando tarde a una clase. Estaba demasiado nerviosa, apurada, y para llegar más rápido tomé unas escaleras que nunca usaba, y de repente me dí cuenta de que mi club era mucho más grande de lo que pensaba.

Me metí por lugares donde no había estado antes y me perdí. Yo no paraba de caminar rapidísimo, en vez de detenerme y pensar el camino, no podía parar de bajar escaleras y cruzar pasillos. Todo el lugar comenzó a volverse más descuidado a medida que yo bajaba. Era como un hospital abandonado, en un estado calamitoso, igual o peor que el Clínicas por dentro.

En uno de esos pisos, cuando giro casi corriendo, veo médicos, o por lo menos gente con tapabocas y esas túnicas raras verdes, como escondida en una sala. Alguien me ve, y sale a perseguirme. Yo empiezo a correr cada vez más rápido tratando de no caerme ni pegarme contra ninguna baranda oxidada. Entonces me voy metiendo cada vez por más pasillos hasta que salgo por un hueco en una pared.

Creí que iba a salir a la calle del club, pero ni ahí, salgo a un barrio rarísimo, lleno de casas en ruina y empiezo a trepar casas y muros, nerviosa aunque hacía rato que ya no me perseguía nadie.

Yo estaba acelerada y sentía que mi nerviosismo aceleraba a las mismas paredes por las que estaba trepando, y ellas se daban cuenta de mi nerviosismo y de mi respiración agitada como si estuviesen vivas.

De repente me doy cuenta de que trepé demasiado alto, y que no me puedo bajar. Estoy en una chimenea, pero no es una chimenea normal. Es una chimenea que tiene los ladrillos flojos. Cuando inhalo aire, la chimenea sube y yo estoy demasiado alto para tirarme, entonces tengo que largar aire para que baje, pero estoy tan asustada que no lo consigo, y además no puedo largar aire para siempre...

Entonces la situación es desesperante. Los ladrillos empiezan a aflojarse y yo pienso que se van a romper todos, pero en vez de eso empiezan a cubrirse de musgo conmigo adentro. Empiezo a retorcerme para salir de ahí, y me doy cuenta de que no es musgo: es PELO. Sí, pelo, y entonces en un ladrillo que está pegado a mi cara aparece un hocico. UN HOCICO y me doy cuenta de que la chimenea se va a transformar en un lobo que me va a envolver. De repente y sin pensarlo, como si supiera la solución de un hechizo, le arranco el hocico a medio formar con un palo.

Entonces el lobo-chimenea se desploma en medio de su mutación y ahí quedo yo, viendo los ladrillos con patas de lobo, con el palo en la mano y arriba del techo.

Casi no hay recuerdos



Se iban y sabían que no volverían pronto. Sus cosas con ellos y las otras no. Es sólo cuestión de definir sus cosas, así es más fácil. Si lo logran hacer de la manera correcta casi no hay recuerdos: Muchos amigos y buenas historias, buenos tiempos en donde no fueron tristes, que luego exagerarían al evocarlos una y otra vez.

El baúl de sus recuerdos es demasiado grande y no es liviano. No pudieron dejarlo porque nunca dejaría de ser parte de sus cosas, así que lo llevaron. Era sólo una mirada y el baúl crecía. Crecía y parecía que los miraba también, una habitación pequeña y un baúl grande. Ganas de ser felices que no fueron suficientes.

Cada día estaba él ahí, y ya era uno de ellos. Empezaron a mirarlo todos los días al despertarse, no podían evitar levantar su tapa y sentir el olor que traía. Después lo miraban antes del café, y antes de acostarse también. A veces se sorprendían abriéndolo en mitad de la noche.

Adentro las cosas se habían desordenado por el viaje, y no consiguieron volverlas a su sitio por más que lo intentaron. Cuando el baúl crecía, crecían las cosas de adentro, siempre desordenadas y de alguna manera aparecían cosas que no recordaban haber llevado. Supuestamente se generaban unas a otras, hasta que tuvieron que admitir que la mayoría las ponían ellos.

Llegó un momento en que pasaban la mayor parte de su día mirándolo. Cuando iban a trabajar llamaban para ver si seguía allí. Después comenzaron a faltar al trabajo, y a trancar las puertas y las ventanas antes de ir a dormir, sólo para que no hubiese más nadie ni menos nadie que ellos y el baúl.

Ellos lo veían crecer mientras lo miraban, como quien ve crecer las plantas. Cada vez eran más chicos ellos y más grande él, y más abierta su tapa, y el olor llenaba ya toda la habitación. No más olor a café ni a casa nueva en país nuevo.

Parece que un día uno de ellos quiso buscar más en el fondo y se resbaló y se cayó adentro. El otro fue a buscarlo y cayeron los dos. Ahora se quedan siempre en el baúl, y es mejor porque no tienen que tomarse el trabajo de sostener su tapa mientras miran. Además están seguros de que al baúl no les va a pasar nada, y si le pasa algo, les pasa también a ellos. Un día se dieron cuenta de que las cosas nuevas de la casa nueva habían entrado. Así que ahora no falta nadie.

Esa es su nueva casa y no necesitan salir para dormir, y mucho menos para comer. Los recuerdos no perdieron su olor ni su sabor, y es el mismo que tenían cuando vinieron. Tienen textura y además los alimentan. Nunca para de haber recuerdos, siempre se generan nuevos viejos recuerdos y se puede vivir de ellos. Los dos están muy contentos, nunca pensaron que su nueva vida iba a ser tan parecida a la anterior.

viernes

Mundo en sepia




A ella le gustaban mis fotos viejas. Las sacaba de la repisa, del cajón, de mis manos. Le gustaba mirarlas en el balcón o en la cocina, o en el patio. Sí, sobre todo en el patio. Yo sé que ella aprendió de mí por mis fotos. Cuando volvía, después de un rato de estar sola, siempre me miraba de un modo distinto, como si entendiera de repente muchas más cosas. Sé que se quedaba cada vez más horas, y cuando un día terminó de verlas todas, volvió a mirarlas desde el principio.


Era la luz de la casa, la ropa siempre tan blanca, la sonrisa siempre tan limpia. Al resto de la gente le preocupaba ella. Tanto rato en el patio, en el balcón…A mí al comienzo me divertía. Porque sabía lo que era, porque lo había vivido todo algún tiempo atrás. Pero después empecé a verla cada vez menos, era difícil encontrarla para hablar, para verle las manos, para verla. Y cuando por fin la veía, la veía ausente. La veía lejos, casi no la veía. Siempre sonreía, y nos miraba a todos desde lejos y estaba feliz, porque no estaba con nosotros, sino en otra parte, en mundo de fotos en sepia.


Un día me di cuenta de lo que pasaba. La observaba en el patio, con la hamaca apenas moviéndose y con las fotos. Y la hamaca se quedó quieta y las fotos se movieron. Se izaron en el aire y luego, más pesadas, cayeron. Ella no estaba, no estaba. Corrí hasta ella, hasta las fotos y encontré su rostro. Y sus manos y su pelo en mis fotos. No supe qué hacer, más que pensar en ella, y esperé.


Desperté con sus manos en mi hombro, sonriendo. Creo que nunca la había visto más feliz. Sin embargo pálida, difusa. Me dijo que hacía tiempo que lo había descubierto. De tanto pensar, de tanto estar en las fotos. Me habló de ellas y del mundo que encerraban. Pensé que escucharla me aburriría, ¡Pues era mi mundo, era mío! Sin embargo no fue así: ella lo veía de otra forma, a ella le gustaba de otra forma. Me habló de sus ganas de haber vivido allí, de todos mis lugares, de mis caras, de mis voces. Sí, dijo que las escuchaba, que había hablado con todos los míos, con todos. Hasta me contó cosas que había olvidado. Me dijo que siempre la recibían con cariño, que les gustaba que fuera a visitarlos, que cada vez se quedaba por más tiempo.


No pude decirle nada, nunca la había visto sonreír así. Me dediqué a esperar sus regresos y sus cuentos nuevos de mi mundo viejo y a sorprenderme. A sorprenderme pensando cómo conseguía cambiar mi mundo estando en él de tanto en tanto. Y de pronto también empecé a sonreír. Mi mundo ya no era mi mundo viejo, era algo mejor, porque ella estuvo en él. Entendí que ella había estado en mis fotos, y había estado en mí. Había estado con los míos, y yo era alguien diferente. Algunas cosas habían cambiado, alguien no se había casado, alguien sí se había mudado. Pero todos me apreciaban más por dejar que fuera a visitarlos, por dejarla estar en sus vidas simples, en sus vidas en sepia.


A veces demoraba demasiado, un día entero, o hasta dos. Entonces me enojaba, pero ella sabía siempre cómo disculparse. Sí que sabía, y conseguía que le perdonara sus ausencias. Me decía que cada vez le costaba más salir, como si no pudiese estar en los dos lados. Un día me contó que ellos me extrañaban, y empecé a extrañarlos también. Ella se dio cuenta y me dijo que fuera, que fuera con ellos.


Planeamos nuestra visita con cuidado. Ella iría adelante, yo tenía un poco de miedo. Me dijo que no me preocupara, que era fácil, sólo tomar una foto y pensar en ellos. Entonces la vi meterse, vi su cuerpo volviéndose a tonos sepia. Su pelo, marrón, sus ojos, blancos. Y no la vi más. Entonces era mi turno. Tomé una foto y la miré con calma, tratando de aplacar mis nervios. Una foto de mi hermana y mi padre en la casa de la playa. Recordé la brisa en las cortinas que mi madre había cosido y sonreí. Sentí mi cuerpo ingrávido y esperé.


Nada ocurrió. La foto seguía igual, yo seguía igual. Lo intenté de nuevo varias veces, con diferentes fotos, con calma, con nervios. Traté descansar y volví al patio más tranquilo, casi de noche. Tampoco funcionó. En mi desesperación rompí algunas fotos. Después de hacerlo me arrepentí, porque ahí estaban todos, talvez ahí estaba ella, en una foto hecha pedazos por mi frustración y mi rabia. Lloré, la llamé con susurros, la llamé a los gritos y no vino.

Y ahora la espero, los espero a todos. Al resto de la gente le preocupo. Tanto rato en el balcón o en la cocina, o en el patio... Sí, sobre todo en el patio.

domingo

Estalla el sol


Las hojas que ahora caen no son las mismas. El silencio las da por muertas y ellas sólo se quedaron quietas. Bajan las nubes para no extrañarlas.
Pasan las horas, duermen los dioses que ya olvidaste, se fugan las palabras que tenías trancadas entre mente y garganta. Poco queda. Por suerte las hojas sólo se quedaron quietas y también tus manos, que no quieren taparte los ojos de nuevo.
Inevitablemente, abajo estalla el sol. Si fuese tan fácil guardar sus luces, meterlas de nuevo en la galera del mago. Esperanzas, toscas piezas de un juego que preferiste perder.
Un sólo paso. Contando los segundos, se escucha el grito y nada más. El silencio te da por muerto. Por suerte sólo te quedaste quieto.

Escape



p>    Durmiendo una noche a un lado del camino de tierra, soñé que mis manos rascaban el suelo y hallaban debajo el pasto más verde que jamás haya visto. Desperté y sentí húmedos mis dedos y vi que corría un hilo pequeño de agua limpia entre las piedras grises. Parecía tener vida: no se desvanecía sino que seguía deslizándose como si tuviera un rumbo fijo o un destino, un lugar a donde ir que se perdía de mi vista mucho más allá de donde yo estaba.Una luna perfecta alumbraba la soledad inmensa de aquel lugar, y hacía que el agua brillara de forma única, como queriendo atraparme con su magia.



     Traté de apartar mi vista de ese espectáculo y miré hacia el horizonte; vi el mar de piedras secas extendiéndose sin fin, sólo cortado por el camino polvoriento que ya había recorrido sin cesar, hasta la noche en que el cansancio dominó mi cuerpo y mi voluntad de seguir escapando. Comprendí que el riachuelo que apareció de la nada era lo único que podía apartarme de mi resignación.



    
Me había fugado de la prisión de hierro, y había atravesado el pantano que la rodeaba del que supuestamente nadie salía con vida, mito que descubrí, solo servía para aullentar aún más de la mente de los prisioneros la idea de escapar. Había caminado entre el barro inmundo hasta encontrar el camino sin final del que me habían hablado, y al cual juré llegar aunque me costase la vida, burlándome de la idea de que algo no tuviese fin.



    Sin embargo había caminado durante horas, días, tiempo sin relojes, sin morirme de hambre gracias a unos pedazos de pan seco que descubrí entre los nidos de ratas, pero también sin encontrar señas alguna de que aquello fuese a dar a alguna parte. Fue entonces cuando comencé a dudar de mi anterior determinación, y me pregunté hasta cuando me podía ser posible seguir caminando, ya que la otra opción era simple: sentarme a esperar la muerte.



    Me sacó de mis pensamientos el sonido casi imperceptible del hilo de agua. Me di cuenta de que su tamaño había aumentado; Ahora tenia un grosor aproximado de media palma de mi mano. Caí por completo bajo el hechizo y mis ojos no pudieron hacer otra cosa que seguir el curso incierto pero decidido del pequeño río, en dirección casi opuesta a la que había venido, entre las piedras toscas y la tierra muerta. A medida que caminaba, el agua se mezclaba entre la tierra y de a poco se formaba una especie barro negro. Mis ojos seguían encantados. Más adelante, algo que parecía un pantano se hacía cada vez más grande.


viernes

Se la ve hermosa


 


    Se cierran los botones, se bajan las mangas, se esconden los miedos. No es difícil. Se pone el abrigo, se agarra la llave. Se cuentan las monedas, se cruza la calle. El sol en la cara, la gente que pasa y las voces. Las voces no dejan hablar. Se compran las flores, se sube al ómnibus, se abre la ventana.


    Se baja en el lugar que dijeron ellos, se dobla la esquina. No es difícil. El sol en la nuca, la gente que pasa y las voces. Las voces no dejan pensar. Se abre la reja, se cruza el jardín sin pisar el pasto. Se revisa el papel, se asegura que es el sitio, se peina con las manos, se sonríe.


    Se la ve hermosa, se le dan las flores, se le habla. No es difícil. Se le dice que es un lindo barrio, no es tan lejos. El jardín, los vecinos tranquilos, sin voces. Se mira el paisaje, se la escucha ofreciendo entrar. Se mira el reloj, se responde que no hay tiempo, que otra vez será. Se le abraza, se siente su perfume, se le acaricia el pelo.


    El sol en la espalda, la gente que viene y los ve. Las miradas no dejan soñar. Se le desea suerte, se da vuelta atrás y no se mira de nuevo. Se esquiva otra lápida, se actúa normal. No es difícil.

Las otras calles




    Y allí estaba otra vez en el lugar oscuro; un inmenso galpón colmado de sombras, donde se mezclaban objetos y seres como si se tratasen de una misma cosa, confundidos por la luz inestable de faroles y antorchas.


    Ruidos de monedas pesadas tintineando, simples brillos de oro pobre que provocaban la codicia o la súplica. Cientos de manos y bolsillos dispuestos a tenerlo todo, cientos de pasos escurriéndose en los pasillos, y la prisa y el temor en las ropas de aquellos que aún se atrevían a estar ahí.


    Se escuchaba de tanto en tanto la risa de algún mendigo que aún no había sentido el miedo como los otros. El olor del lugar provocaba náuseas a los nuevos: los veía llorar del asco como ella en los primeros días. Salía de la mugre amontonada en los rincones, del barro desprendido de las botas de enviados y comerciantes, y de los tarros mal cerrados; los que estaban siempre amontonados al final del pasillo. Sobre todo de los tarros.


    Una ciudad en penumbras susurraba bajo otras calles. Calles que no pueden ser descritas ni imaginadas, porque nadie las recuerda antes del miedo ni quiere visitarlas ahora. Los libros que todavía no se quemaron cuentan historias de asfaltos llenos de sol y hojas de árboles. Dicen que una vez existieron flores. Existieron casas que no eran hechas de barro ni de arena dura, que existieron plazas y bosques –que son como jardines de árboles – y que los pequeños seres como ella no vendían ni compraban: jugaban en las calles con el sol que no quemaba las caras.


    Tiempo atrás ella escuchaba historias antes del sueño, que alegraban su alma en las noches eternas. Pero ahora circulaban en secreto y sólo entre los seres ruines, porque con ellos se logra alterar las mentes inútiles, decían. Y nadie quería tener los libros malditos ni saber nada de ellos.


    Y allí seguía entre las sombras, tratando de apartarse de los barriles, los mal cerrados. Él dijo que no los abriera salvo que alguien se lo pidiese. El precio no había cambiado nunca y no cambiaría ahora. Ella no necesitaba saberlo y le darían el valor justo. Estaban ahí desde el primer día, con el olor inmundo del que a veces lograba olvidarse.


    Abrió un frasco. Contó tres habas y las comió, tratando de que nadie las viera, para no encender la envidia de los oscuros. Aquellas eran habas todavía sanas, o al menos eso le había dicho el dueño, porque sabían rancias. De todas formas no se vendían muy a menudo: deseos mas fuertes que el hambre invadían a los seres oscuros.


    Oyó pasos cercanos. Distinguió una figura voluminosa entre las otras. Supo que era uno de los seres ruines. La miró a los ojos. Ella sintió su miedo y esperó. Primero contó sus monedas y se las entregó: cinco pesadas de oro pobre. Después se quitó su capa de armiño sucia de polvo y la dejó frente a ella. Lo mismo hizo con tres de sus anillos y el collar sin medalla ni relicario. Esto es para ti, le dijo. El resto, por el barril.


    Eligió uno de los mas grandes y descorrió su tapa. Casi se desmayan los dos por las nauseas. Los demás se habían alejado y no miraban. El ser ruin entró casi sin hacer ruido. Y no salió. Parte del liquido espeso cayó al suelo.


    Ella esperó en cuclillas a que alguien se acercara. Aparecieron varios seres de la nada, que vestían como el primero. Corrieron rápido la tapa que quedó mal cerrada y entre todos lo llevaron al final del pasillo, donde estaban los demás barriles mal cerrados. Un tarro más para marear a los nuevos.


    Ruidos de monedas pesadas tintineando, manos, bolsillos y pasos escurriéndose en los pasillos. La ciudad en penumbras volvió a susurrar bajo otras calles. Llorando del asco, trató de levantarse y lo vio. El libro con tapas de cuero y hojas con historias de sol. Sol que caía en otras calles y no quemaba las caras. Comenzó a leer.