A ella le gustaban mis fotos viejas. Las sacaba de la repisa, del cajón, de mis manos. Le gustaba mirarlas en el balcón o en la cocina, o en el patio. Sí, sobre todo en el patio. Yo sé que ella aprendió de mí por mis fotos. Cuando volvía, después de un rato de estar sola, siempre me miraba de un modo distinto, como si entendiera de repente muchas más cosas. Sé que se quedaba cada vez más horas, y cuando un día terminó de verlas todas, volvió a mirarlas desde el principio.
Era la luz de la casa, la ropa siempre tan blanca, la sonrisa siempre tan limpia. Al resto de la gente le preocupaba ella. Tanto rato en el patio, en el balcón…A mí al comienzo me divertía. Porque sabía lo que era, porque lo había vivido todo algún tiempo atrás. Pero después empecé a verla cada vez menos, era difícil encontrarla para hablar, para verle las manos, para verla. Y cuando por fin la veía, la veía ausente. La veía lejos, casi no la veía. Siempre sonreía, y nos miraba a todos desde lejos y estaba feliz, porque no estaba con nosotros, sino en otra parte, en mundo de fotos en sepia.
Un día me di cuenta de lo que pasaba. La observaba en el patio, con la hamaca apenas moviéndose y con las fotos. Y la hamaca se quedó quieta y las fotos se movieron. Se izaron en el aire y luego, más pesadas, cayeron. Ella no estaba, no estaba. Corrí hasta ella, hasta las fotos y encontré su rostro. Y sus manos y su pelo en mis fotos. No supe qué hacer, más que pensar en ella, y esperé.
Desperté con sus manos en mi hombro, sonriendo. Creo que nunca la había visto más feliz. Sin embargo pálida, difusa. Me dijo que hacía tiempo que lo había descubierto. De tanto pensar, de tanto estar en las fotos. Me habló de ellas y del mundo que encerraban. Pensé que escucharla me aburriría, ¡Pues era mi mundo, era mío! Sin embargo no fue así: ella lo veía de otra forma, a ella le gustaba de otra forma. Me habló de sus ganas de haber vivido allí, de todos mis lugares, de mis caras, de mis voces. Sí, dijo que las escuchaba, que había hablado con todos los míos, con todos. Hasta me contó cosas que había olvidado. Me dijo que siempre la recibían con cariño, que les gustaba que fuera a visitarlos, que cada vez se quedaba por más tiempo.
No pude decirle nada, nunca la había visto sonreír así. Me dediqué a esperar sus regresos y sus cuentos nuevos de mi mundo viejo y a sorprenderme. A sorprenderme pensando cómo conseguía cambiar mi mundo estando en él de tanto en tanto. Y de pronto también empecé a sonreír. Mi mundo ya no era mi mundo viejo, era algo mejor, porque ella estuvo en él. Entendí que ella había estado en mis fotos, y había estado en mí. Había estado con los míos, y yo era alguien diferente. Algunas cosas habían cambiado, alguien no se había casado, alguien sí se había mudado. Pero todos me apreciaban más por dejar que fuera a visitarlos, por dejarla estar en sus vidas simples, en sus vidas en sepia.
A veces demoraba demasiado, un día entero, o hasta dos. Entonces me enojaba, pero ella sabía siempre cómo disculparse. Sí que sabía, y conseguía que le perdonara sus ausencias. Me decía que cada vez le costaba más salir, como si no pudiese estar en los dos lados. Un día me contó que ellos me extrañaban, y empecé a extrañarlos también. Ella se dio cuenta y me dijo que fuera, que fuera con ellos.
Planeamos nuestra visita con cuidado. Ella iría adelante, yo tenía un poco de miedo. Me dijo que no me preocupara, que era fácil, sólo tomar una foto y pensar en ellos. Entonces la vi meterse, vi su cuerpo volviéndose a tonos sepia. Su pelo, marrón, sus ojos, blancos. Y no la vi más. Entonces era mi turno. Tomé una foto y la miré con calma, tratando de aplacar mis nervios. Una foto de mi hermana y mi padre en la casa de la playa. Recordé la brisa en las cortinas que mi madre había cosido y sonreí. Sentí mi cuerpo ingrávido y esperé.
Nada ocurrió. La foto seguía igual, yo seguía igual. Lo intenté de nuevo varias veces, con diferentes fotos, con calma, con nervios. Traté descansar y volví al patio más tranquilo, casi de noche. Tampoco funcionó. En mi desesperación rompí algunas fotos. Después de hacerlo me arrepentí, porque ahí estaban todos, talvez ahí estaba ella, en una foto hecha pedazos por mi frustración y mi rabia. Lloré, la llamé con susurros, la llamé a los gritos y no vino.
Y ahora la espero, los espero a todos. Al resto de la gente le preocupo. Tanto rato en el balcón o en la cocina, o en el patio... Sí, sobre todo en el patio.
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