Y allí estaba otra vez en el lugar oscuro; un inmenso galpón colmado de sombras, donde se mezclaban objetos y seres como si se tratasen de una misma cosa, confundidos por la luz inestable de faroles y antorchas.
Ruidos de monedas pesadas tintineando, simples brillos de oro pobre que provocaban la codicia o la súplica. Cientos de manos y bolsillos dispuestos a tenerlo todo, cientos de pasos escurriéndose en los pasillos, y la prisa y el temor en las ropas de aquellos que aún se atrevían a estar ahí.
Se escuchaba de tanto en tanto la risa de algún mendigo que aún no había sentido el miedo como los otros. El olor del lugar provocaba náuseas a los nuevos: los veía llorar del asco como ella en los primeros días. Salía de la mugre amontonada en los rincones, del barro desprendido de las botas de enviados y comerciantes, y de los tarros mal cerrados; los que estaban siempre amontonados al final del pasillo. Sobre todo de los tarros.
Una ciudad en penumbras susurraba bajo otras calles. Calles que no pueden ser descritas ni imaginadas, porque nadie las recuerda antes del miedo ni quiere visitarlas ahora. Los libros que todavía no se quemaron cuentan historias de asfaltos llenos de sol y hojas de árboles. Dicen que una vez existieron flores. Existieron casas que no eran hechas de barro ni de arena dura, que existieron plazas y bosques –que son como jardines de árboles – y que los pequeños seres como ella no vendían ni compraban: jugaban en las calles con el sol que no quemaba las caras.
Tiempo atrás ella escuchaba historias antes del sueño, que alegraban su alma en las noches eternas. Pero ahora circulaban en secreto y sólo entre los seres ruines, porque con ellos se logra alterar las mentes inútiles, decían. Y nadie quería tener los libros malditos ni saber nada de ellos.
Y allí seguía entre las sombras, tratando de apartarse de los barriles, los mal cerrados. Él dijo que no los abriera salvo que alguien se lo pidiese. El precio no había cambiado nunca y no cambiaría ahora. Ella no necesitaba saberlo y le darían el valor justo. Estaban ahí desde el primer día, con el olor inmundo del que a veces lograba olvidarse.
Abrió un frasco. Contó tres habas y las comió, tratando de que nadie las viera, para no encender la envidia de los oscuros. Aquellas eran habas todavía sanas, o al menos eso le había dicho el dueño, porque sabían rancias. De todas formas no se vendían muy a menudo: deseos mas fuertes que el hambre invadían a los seres oscuros.
Oyó pasos cercanos. Distinguió una figura voluminosa entre las otras. Supo que era uno de los seres ruines. La miró a los ojos. Ella sintió su miedo y esperó. Primero contó sus monedas y se las entregó: cinco pesadas de oro pobre. Después se quitó su capa de armiño sucia de polvo y la dejó frente a ella. Lo mismo hizo con tres de sus anillos y el collar sin medalla ni relicario. Esto es para ti, le dijo. El resto, por el barril.
Eligió uno de los mas grandes y descorrió su tapa. Casi se desmayan los dos por las nauseas. Los demás se habían alejado y no miraban. El ser ruin entró casi sin hacer ruido. Y no salió. Parte del liquido espeso cayó al suelo.
Ella esperó en cuclillas a que alguien se acercara. Aparecieron varios seres de la nada, que vestían como el primero. Corrieron rápido la tapa que quedó mal cerrada y entre todos lo llevaron al final del pasillo, donde estaban los demás barriles mal cerrados. Un tarro más para marear a los nuevos.
Ruidos de monedas pesadas tintineando, manos, bolsillos y pasos escurriéndose en los pasillos. La ciudad en penumbras volvió a susurrar bajo otras calles. Llorando del asco, trató de levantarse y lo vio. El libro con tapas de cuero y hojas con historias de sol. Sol que caía en otras calles y no quemaba las caras. Comenzó a leer.

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